Vivo con estrés

Vivo con estrés

Pregunta: Vivo con muchas presiones laborales y también domésticas: para tener éxito en el trabajo, poner el pan en la mesa para mi familia, cuidar bien de mis hijos e invertir en mi matrimonio. Recibo presiones de todos lados. ¡Muchas veces simplemente no sé cómo sobrellevarlas! ¿Qué puedo hacer?

Respuesta: El estrés se está convirtiendo en un aspecto casi ineludible de la vida moderna. Decimos casi porque sí se puede hacer algo para evitar sufrir presiones indebidas o vivir en un estado de estrés constante. Si bien algunos de los consejos que se exponen a continuación son de carácter puramente físico —hacer ejercicio o comer alimentos nutritivos, por ejemplo—, otros abordan aspectos espirituales al incorporar a Jesús en la ecuación de forma muy especial y personal.

Jesús puede ser tu consejero, entrenador, administrador, intercesor, secretario ejecutivo, preparador físico, confidente y mejor amigo. En resumidas cuentas, todo lo que necesitas para hacer frente al estrés que se ha convertido en parte integral de la vida moderna.

Consejos prácticos

Ora. Que los ratos tranquilos con Jesús se conviertan en un hábito cotidiano.

Vete a la cama a tiempo; duerme lo necesario.

Levántate a tiempo para que puedas dar comienzo al día sin prisas y arrebatos.

Rechaza aquellas actividades para las que simplemente no tienes tiempo. De lo contrario se tornan gravosas para tu salud mental.

Delega ciertas tareas en personas capaces de hacerlas.

Ríete.

Date tiempo extra para lo que tengas que hacer y para trasladarte de un lugar a otro.

Disciplínate. Siempre que sea posible es mejor programar a largo plazo los cambios profundos y las iniciativas de envergadura. Evita encarar varios emprendimientos difíciles al mismo tiempo.

Concéntrate en aquello en lo que tienes influencia directa —tú mismo y tus hábitos—, en lugar de preocuparte por lo que escapa total o parcialmente a tu control.

Organízate de tal forma que todo tenga un lugar asignado.

Distingue lo que te preocupa de lo que requiere tu atención. Si determinada situación exige legítimamente que te ocupes de ella, averigua qué quiere Dios que hagas al respecto. Si te preocupa una situación por la que no puedes ni debes hacer nada, encomiéndasela a Dios.

Vive con arreglo a tu presupuesto; no compres nada a crédito a menos que no tengas más remedio. 

No te preocupes por el mañana.

Toma medidas de contingencia: lleva en la billetera una copia de la llave del auto; esconde en el jardín una copia de la llave de la casa; ten a mano algunas estampillas postales, pilas de repuesto para la linterna, etc.

Lleva contigo algo de la Palabra de Dios para leer cuando tengas que esperar.

Tómate en serio el trabajo, pero no te consideres excesivamente importante.

Emplea el tiempo que viajas en el auto para escuchar cintas, discos compactos o MP3 basados en la Biblia, los cuales pueden ayudarte a optimizar tu calidad de vida.

Prepárate una carpetita con lecturas inspirativas o con tus versículos preferidos.

Recuerda que en muchos casos el puente más corto entre la desesperación y la esperanza consiste en un sonoro «¡Gracias, Jesús!»

No te cargues con tareas nuevas hasta que hayas despachado asuntos pendientes que tienen prioridad.

¿Tienes alguna dificultad? Habla de ella con Dios enseguida. Procura resolver los problemas pequeños en el momento en que surjan. No esperes a la hora de ir a la cama para ponerte a orar.

Recuerda que no eres gerente general del universo.

Simplifica tu vida, y no te recargues.

Cada noche, antes de acostarte, piensa como mínimo en un suceso del día por el que sientas gratitud.

Cultiva el hábito de perdonar. (La mayoría de la gente no hace las cosas mal a propósito, sino que procura obrar bien.)

Haz bastante ejercicio.

Sé amable con los que no lo son. (Es probable que sean ellos quienes más necesiten gestos de cortesía.)

Cuida tu alimentación.

Aminora la marcha.

Agradécele a Dios todo lo que venga, pues no te enviará nada que tú y Él no puedan sobrellevar juntos.

Donde los problemas no te hacen mella

Los tripulantes de los submarinos afirman que las tempestades no llegan a mucha profundidad en el mar. Por muy altas que sean las olas en la superficie, treinta metros más abajo reina una calma total. La quietud que hay en el fondo del mar no es afectada por ninguna tormenta superficial. En nuestro caso también puede ser así: es posible gozar de una serenidad y una paz interior que no se vean perturbadas por los temporales del mundo. Nuestra paz es Jesús.

*

Cuando la vida te parezca una pequeña habitación sin ventanas, cuyas paredes te van encerrando cada vez más, puedes crear una ventana de escape mediante la Palabra de Dios.

Si la lees, si meditas en ella, si crees las promesas de Dios y las tomas como las promesas personales que son, te aguardan cosas bellísimas. La calidez del sol de Su amor disipa la tensión.

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