Renovación

Refugio de meditación

En cierta ocasión visité un monasterio que se construyó sobre las ruinas de una antigua fortaleza romana, emplazada sobre un elevado peñasco del desierto sirio. Tan empinados eran los últimos 300 peldaños de acceso que en ese trecho había que subir las provisiones mediante un sistema de cables y poleas. Al llegar a la cumbre, tres arcadas de piedra nos dieron a entender a mí y a los peregrinos que me acompañaban que nos estábamos aproximando a un santuario.

El lugar de reposo

Aunque normalmente disfrutaba del viaje a la ciudad en mi Vespa, ese día no presté atención al bello paisaje ni al cielo despejado. Los dos meses anteriores habían sido muy ajetreados. Juntamente con un colega me había estado esforzando por atender todos los aspectos de nuestro voluntariado mientras el resto de nuestro grupo estaba de viaje. Acababan de retornar, pero en lugar de tener unos días de esperado descanso, la carga de trabajo se había multiplicado.

Reposar en Jesús

«Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad Mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas»1. Hace poco leí un mensaje de Jesús que alguien recibió mientras rezaba. Decía más o menos lo mismo, pero en términos más acordes con nuestros tiempos: «La única forma de aguantar la presión es aprender a regular tu ritmo y pasar ratos provechosos en comunicación conmigo».

¿Qué nos reporta la meditación?

Si bien nos alojamos en cuerpos físicos, somos seres espirituales que tienen vida en el plano espiritual. La meditación nos pone en contacto con los elementos inmateriales.

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Lo que en un momento dado ocupa nuestro pensamiento o impulsa nuestros actos no es necesariamente todo lo que hay. La meditación nos recuerda que en la vida hay mucho más que no se percibe con los sentidos.

Silencio

A veces no tengo otro deseo que sentarme a gozar de Ti en silencio.
Es que Tú ya lo sabes todo,
lo comprendes todo.
No hace falta que me exprese bien; es más, no necesito decir nada:
Tú me aceptas tal como soy.
Reconoces mis pensamientos a medida que van tomando forma y danzan,
ideas imposibles de expresar cabalmente con palabras.
Podrías verbalizar a la perfección cada uno de Tus pensamientos;
sin embargo, a veces Tú también prefieres guardar silencio.
Tu compañía tiene un misterioso atractivo.
Huelga decir nada,
porque ambos lo adivinamos, lo percibimos, lo sabemos.

Aminorar el ritmo

Hace unos años conocí a un joven empresario que había tenido mucho éxito en los negocios. Era una persona tremendamente activa. Aunque costaba una barbaridad llegar a tener un rato de conversación con él, un día finalmente lo conseguí. Le pregunté cómo había prosperado tanto. Me contó que en su primer año de universidad su padre le había facilitado un pequeño capital con el que fundó una empresa en sociedad con un amigo de la infancia. Les fue tan bien que él, ni corto ni perezoso, estudió a marchas forzadas con miras a graduarse un año antes y dedicarse plenamente a su negocio. Fue primero de su promoción (me contó que él se destaca en todo lo que hace). Para cuando lo conocí, diez años después, había amasado una fortuna mayor de la que reúne mucha gente en toda una vida. Sin embargo, a pesar de su buena estrella, todavía se mataba trabajando en jornadas de 10 a 12 horas. Por si fuera poco, llevaba una vida social bien agitada. Luego de observar su ritmo de vida durante varias semanas —y de notar el inevitable desgaste que le significaba—, le pregunté cuándo se dejaba un espacio para reflexionar. La pregunta lo desarmó; nunca se la había planteado.

Con suavidad, sin prisas

Una vez que mi mujer y yo estábamos urgidos por llegar a casa, se nos ocurrió sentarnos unos momentos en un muro de piedra para gozar del paisaje. De ahí nació esta inspiración:

Casi nada puede disfrutarse con prisas, ya sea una copa de vino, un paseo, una conversación, un viaje, un paisaje, una comida o un abrazo. Dios rara vez tiene prisa. Le lleva tiempo crear un bebé, una flor, un árbol, una puesta de sol y hasta una brizna de hierba.

Los pensamientos

Una mujer me escribió para pedirme consejo porque no podía superar su rencor. «Como recordará —decía—, tiempo atrás le hablé de alguien con quien me relaciono a diario, que es malicioso y siempre me dice cosas desagradables. En mi carta le conté que había logrado refrenar las ganas de replicarle. Aunque he logrado controlar mi lengua, no he cambiado de forma de pensar. Consigo dominarme, pero por dentro estoy furiosa».

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